LAS COSAS BUENAS DE LA VIDA.
“¿Los brasileños se volvieron tan buenos en el fútbol porque
culturalmente era tan importante para ellos, o el fútbol se volvió tan
importante para ellos porque eran tan buenos para jugarlo?”
Alex Bellos
Hace tiempo, cuando planeábamos
el viaje y hablábamos de Brasil, lo veíamos como la oportunidad perfecta para
poder cumplir el sueño de ir a unos Juegos Olímpicos, así como también la de ir
a ver un partido de futbol en vivo y a todo color.
Hubo varios intentos fallidos,
primero cuando Lalo y Luis fueron a ver al Sao Paulo, yo no pude ir por que el
horario del partido no me permitía tomar el metro de regreso hasta la casa
donde me estaba quedando; segundo cuando intentamos ir a ver al líder del torneo
local, el Palmeiras, pero en esa ocasión las vibras no estuvieron de nuestro
lado, los boletos estaban demasiado caros y, para cuando preguntamos en las
taquillas, ya estaban agotados; tercero, cuando se nos ocurrió la idea de ir a
ver al pequeño equipo local de Florianópolis, pero esa idea se fue dispersando de la misma manera en que
lo hizo el sol que no nos permitió trabajar para generar el dinero para
asistir.
Durante varias ocasiones ante estos
intentos fallidos, se mencionaba que la última parada en Brasil sería Porto
Alegre y que allí tendríamos nuestra última oportunidad de ir a ver un partido,
pero cuando aún estábamos en Florianópolis los planes cambiaron por unos días y
estábamos por salir directamente rumbo a Uruguay sin tener la posibilidad de ir
al futbol brasileño. En lo personal eso me dejaba con un sabor de boca bastante
amargo, pero afortunadamente algunas veces el destino te tiene preparada la
mesa para cuando tienes más hambre.
Entonces al parecer nuestro último
plan era hacer el dinero para salir desde Florianópolis hasta la ciudad de Chuy,
que es la frontera con Uruguay, y cuando todo parecía que ya sólo nos faltaba
hacer un poco de dinero para completar los boletos del autobús, de pronto se
vinieron un par de días de lluvia y los planes se vieron afectados. Teníamos
que salir ya de Florianópolis pero con la plata que teníamos sólo nos alcanzó
(paradójica y alegremente) para llegar hasta Porto Alegre.
La cuestión se puso curiosa
cuando yo comencé a buscar hospedaje por medio del CouchSurfing (red social a
través de la cual la gente te recibe en su casa), leyendo el perfil de un tal
Eduardo, me gustó mucho la frase con la que arrancaba su descripción: “A simple
man, who didn´t sold the world”. Le mandé una solicitud para quedarnos en su
casa y en menos de cinco minutos ya tenía su respuesta afirmativa, uno de esos
tantos chispazos de suerte que tiene el viaje. Nosotros, bastante apretados en
el bolsillo y sin muchos ánimos de hacer otra parada en Brasil, tuvimos que ir
a frenar a Porto Alegre. Solamente por no dejar, Luis me pasó el dato que en la
semana jugaba el Internacional (uno de los equipos locales, junto con el
Gremio), y yo en un momento de ocio frente a la computadora me di a la tarea de
ver que los boletos no estaban tan caros como en Sao Paulo, pero ya con pocas
esperanzas alcanzamos a mencionar la opción de ir a ver el partido.
El tal Eduardo que nos recibiría
en su casa, además de ser un excelente doctor-psiquiatra es una gran persona, de
entrada tuvo unos detalles magníficos con nosotros al ofrecerse para ir a
recogernos a la terminal a las cinco de la mañana. Mientras lo esperábamos fue
cuando comenzó la magia, pues noté que en la misma terminal de autobuses había
una tienda teñida de rojo que pertenecía al equipo del Internacional,
obviamente a esa hora estaba cerrada, pero los colores se me quedaron grabados
en la cabeza todavía bastante atolondrada por el mal dormir del camino y por el
golpe de la mochila que a media noche se había caído del compartimiento de
arriba. Las cosas locas de la vida hicieron que Edu, mágicamente llegara
vestido con un pantalón rojo y que fuese seguidor del equipo colorado, y
mientras caminábamos hacia su auto, cuando aún no habíamos cruzado ni treinta
palabras, ya nos estaba preguntando que si nos gustaba el futbol y confirmando
que tenía tres entradas extras para que lo acompañáramos al juego del jueves.
Así de fácil, los muchachos
querían ir a ver futbol, pues allí estaba, las cosas buenas de la vida, a veces
me asustan.
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